Hoy es uno de esos días en los que me he levantado con el pie izquierdo. Suele pasarme siempre que cojo un avión, y parece que esta vez, tampoco va a ser diferente.
1º Me paso más de una hora buscando un bar abierto para tomarme un café, bebida sin la cual, no soy nadie.
2º El teléfono del taxi que tiene que venir a recogerme a las 11 de la noche a Managua no lo coge ni Perry.
3º No me queda ni un sólo quetzal y tampoco puedo sacar en dólares para poder pagar cuando llegue a Nicaragua.
4º Me monto en un autobús para que me lleve a Guatemala City, pero como está lleno hasta la bandera, me esperan casi dos horas de trayecto de pie.
En circunstancias normales esto no me importaría demasiado, pero como estoy de mala leche me empiezo a mosquear.
Es un autobús como cientos de los que hay en Centroamérica, es decir, una tartana regalada por los EEUU a países como Guatemala, Nicaragua, el Salvador y Honduras. Dicha tartana tiene capacidad para 36 personas sentadas, pero aquí hay subidos más de 70 y el cobrador aún nos dice que nos peguemos más. No parecemos personas, somos ganado llevado al matadero. Casi no puedo ni moverme para abrir el bolso y pagar al cobrador, pero éste me empieza a meter prisa...Ay amigo, has cogido un mal día para tocarme los cojones. "Te pagaré cuando me pueda mover, así que te esperas y me hablas bien". La gente del autobús en su mayoría indígenas me miran como si la contestación al cobrador hubiera sido el levantamiento del dos de mayo. Es entonces cuando me pregunto por el espíritu guerrero de los antiguos mayas: o era un mito como la copa de un pino o ese espíritu ha degenerado hasta lo indecible tras años de marginación y sometimiento.
Siempre los ves caminar con la cabeza agachada y los ojos esquivos y temerosos, igual que los perros abandonados en las carreteras. Incapaces de levantar la voz ante cualquier injusticia, aunque la injusticia la sufran en su propia carne. Callados, siempre callados y rodeados de supersticiones y rituales que para lo único que les sirve es para consolidarse en la pobreza y la miseria y no para reafirmarse como etnia. Supongo que es una afirmación tomada a la ligera desde un punto de vista occidental . Se además que es una opinión cruel y condicionada por algo que me pasó hace dos días.
Voy montada en el autobús (como no) y en una de sus infinitas paradas se sube una anciana indígena con su nieta. La niña, de unos once o doce años se sienta a mi lado y la anciana dos bancos adelante.
Le digo a la niña que me de la bolsa que lleva para ponerla junto a la mía y no la tenga que cargar encima. Me la da y me sonríe. A los pocos segundos me ofrece cacahuetes, y cuando me los como me quiere dar más. Al cabo de un ratito se queda dormida, pero con el vaivén del autobús se va cayendo poco a poco hacia el pasillo. La recojo con cuidado de no despertarla y le paso el brazo por encima de sus hombros para sostenerla y que siga durmiendo. Pienso que tiene que estar reventada para ni siquiera darse cuenta. Durante todo el viaje procuro no moverme mucho para no despertarla, pero llega a su parada y la abuela se acerca y la toca.
La chiquilla se despierta, pero en vez de levantarse se acurruca más entre mis brazos. Es entonces cuando la vieja, sin mediar palabra, la agarra de la trenza y la levanta del asiento. Yo casi me descompongo, la niña ni abrió la boca.
Pensé que es por eso por lo que parecen asustados, por que el afecto, el calor humano, la comprensión y las caricias pasan a un segundo o tercer plano cuando se está viviendo día tras día con el único objetivo de subsistir.
Se que no se puede, ni se debe, hablar de una cultura milenaria basándome solo en el conocimiento superficial de un viaje, o por un hecho concreto en un autobús, pero es solo mi opinión escrita en una pantalla, sin más valor que el papel mojado.
jueves, 31 de enero de 2013
miércoles, 30 de enero de 2013
Chichicastenango
Después de visitar las ruinas mayas y el nacimiento del río San Juan en plan japonés, o sea, hago la foto de rigor y me piro, vuelvo a mi rutina habitual, es decir, trincar autobús, más autobús, más autobús para llegar a mi próximo destino: Chichicastenango. Como llego a la hora en que al cielo le da por llorar, me meto en el cyber a buscar hotel, hostal o cualquier cosa que tenga cama y cuarto de baño...y lo encuentro, como también encuentro Guatemala en su estado más puro. Calles empedradas y empinadas me dan la bienvenida a Chichicastenango. Igual que en el lago Atitlan, aquí no habla español ni Cristo. Creo que Guatemala no tiene nada que ver con América Latina porque sencillamente sus habitantes no son descendientes de colonizadores españoles, sino que siguen siendo indígenas y entenderlos es lo más difícil que le puede pasar a cualquier europeo. Paseo por sus calles y por supuesto voy a sus iglesias. El espectáculo está garantizado. En una de ellas me llevo un susto de muerte cuando entro en lo que parece ser una capilla y me encuentro colchones tirados por el suelo y a dos indígenas sentados en una mesa haciendo espiritismo. El espacio solo lo iluminan cuatro velas, así que te puedes imaginar. Después me siento a escribirlo, pero dos críos se me pegan a los lados y miran los garabatos ensimismados. Me resulta difícil teniendo sus caritas pegadas en el cuaderno. Decido seguir dando vueltas por su mercado infinito pero no puedo comprar nada excepto el último regalo. El más difícil de elegir, el de mi sobrino Javi. Al final me doy cuenta que he traspuesto al culo del mundo para comprarle un Bart Simson de corcho en tamaño original en una papelería normal y corriente. Tiene tela
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