miércoles, 30 de enero de 2013

Chichicastenango

Después de visitar las ruinas mayas y el nacimiento del río San Juan en plan japonés, o sea, hago la foto de rigor y me piro, vuelvo a mi rutina habitual, es decir, trincar autobús, más autobús, más autobús para llegar a mi próximo destino: Chichicastenango. Como llego a la hora en que al cielo le da por llorar, me meto en el cyber a buscar hotel, hostal o cualquier cosa que tenga cama y cuarto de baño...y lo encuentro, como también encuentro Guatemala en su estado más puro. Calles empedradas y empinadas me dan la bienvenida a Chichicastenango. Igual que en el lago Atitlan, aquí no habla español ni Cristo. Creo que Guatemala no tiene nada que ver con América Latina porque sencillamente sus habitantes no son descendientes de colonizadores españoles, sino que siguen siendo indígenas y entenderlos es lo más difícil que le puede pasar a cualquier europeo.
Paseo por sus calles y por supuesto voy a sus iglesias. El espectáculo está garantizado. En una de ellas me llevo un susto de muerte cuando entro en lo que parece ser una capilla y me encuentro colchones tirados por el suelo y a dos indígenas sentados en una mesa haciendo espiritismo. El espacio solo lo iluminan cuatro velas, así que te puedes imaginar. Después me siento a escribirlo, pero dos críos se me pegan a los lados y miran los garabatos ensimismados. Me resulta difícil teniendo sus caritas pegadas en el cuaderno. Decido seguir dando vueltas por su mercado infinito pero no puedo comprar nada excepto el último regalo. El más difícil de elegir, el de mi sobrino Javi. Al final me doy cuenta que he traspuesto al culo del mundo para comprarle un Bart Simson de corcho en tamaño original en una papelería normal y corriente. Tiene tela

No hay comentarios:

Publicar un comentario