Tras un día de playa, y achicharrada como un guiri de la Costa del Sol, decido que es hora de volver a Guatemala por dos motivos:
a) Porque he pasado una noche infernal en una guerra contra los chinches, en la que he perdido yo, y no tengo dinero para pagar algo mejor en México.
b) Porque no quiero irme para Nicaragua sin ver las ruinas mayas de Huehuetenango.
Así que me armo de paciencia para comenzar otra jornada de autobuses: Bus hasta la frontera de Ciudad Hidalgo, Bus hasta Rueltetenango, Bus hasta Quetzaltenango, Bus a Huehuetenango. (Hay uno casi directo, pero tendría que dejar el hígado empeñado en el mostrador de la terminal).
En principio, todo va bien, pero pasar la frontera se convierte en una película surrealista cuyo título es "Montate en triciclo", y es que una vez que llego a Ciudad Hidalgo, no me entero de nada.
Se que tengo que sellar el pasaporte en la caseta de inmigración mexicana, y después en la caseta de inmigración guatemalteca, para después coger el bus. Pero ¿cómo llego a las casetas?. "Mami, tiene que subir en el triciclo para que la acerquen, pero que no le cobren más de 10 pesos".
Pregunto al del triciclo: 150 pesos. Me empiezo a descojonar en su cara. "¿pero tú de que vas?, si eso es casi lo que me cobran para llegar a Guatemala City." "Es que para llegar a la terminal, en el lado de guatemala, yo también tengo que pagar la frontera", me responde. "¿Y cuánto cuesta pasar la frontera?" "50 pesos", me dice. Se que me miente como un bellaco, y le digo que ni en broma.
"Bueno mami, cincuenta por todo" "¿Pero que es todo?", le pregunto. "Pasar la caseta mexicana, luego la de Guatemala y después llevarte a la terminal". Sopeso la situación y al cambio son 4 euros, así que le digo que sí. Me monto en el triciclo y me dice "pero si le preguntan, es que vienes a visitarme a mi casa y te voy a acompañar" "¿Cómo? Pero si no sé ni como te llamas. Anda dale y a ver que pasa con esto".
Sin embargo, al torcer la calle, o sea, a cinco metros desde dónde me subí, nos para una pandilla de tricicleros diciendo que está prohibido el paso para ese triciclo y que a partir de allí, manejan ellos. "¿Pero esto que es?". Como no le había pagado al primero, me bajo y le digo que se vaya, que ya me apaño yo con los otros. Pues bien, misma operación de regateo y otros que me quieren cobrar cien pesos por todo. Que si tienen que pagar en la frontera, que si patatín que si patatán. Mojones calientes. A mí me dejas en la caseta mexicana y una vez en la frontera ya me busco yo la vida para llegar a la estación de autobuses. No sé si está lejos o cerca, de si es seguro o no, pero no me sale del ciruelo que me roben de forma tan descarada sólo por ser extranjera.
Después de sellar en México, me llevan a sellar en Guatemala (dos metros separan una caseta de otra. Aquí el ejemplo rotundo del absurdo de las fronteras.) Desde este punto, otros tricicleros son los que te tienen que llevar a la estación. Como estos si son de Guatemala, no tienen que pagar en la frontera, y el trayecto me lo cobran a un precio relativamente normal.
En mi afán de reivindicación, me voy quejando al conductor del triciclo de que todos me quieren robar, hasta que éste, cansado de mi retahíla, me dice "Así es la vida. Unas veces se gana y otras se pierde". Ante semejante afirmación, me callo la boca.
a) Porque he pasado una noche infernal en una guerra contra los chinches, en la que he perdido yo, y no tengo dinero para pagar algo mejor en México.
b) Porque no quiero irme para Nicaragua sin ver las ruinas mayas de Huehuetenango.
Así que me armo de paciencia para comenzar otra jornada de autobuses: Bus hasta la frontera de Ciudad Hidalgo, Bus hasta Rueltetenango, Bus hasta Quetzaltenango, Bus a Huehuetenango. (Hay uno casi directo, pero tendría que dejar el hígado empeñado en el mostrador de la terminal).
En principio, todo va bien, pero pasar la frontera se convierte en una película surrealista cuyo título es "Montate en triciclo", y es que una vez que llego a Ciudad Hidalgo, no me entero de nada.
Se que tengo que sellar el pasaporte en la caseta de inmigración mexicana, y después en la caseta de inmigración guatemalteca, para después coger el bus. Pero ¿cómo llego a las casetas?. "Mami, tiene que subir en el triciclo para que la acerquen, pero que no le cobren más de 10 pesos".
Pregunto al del triciclo: 150 pesos. Me empiezo a descojonar en su cara. "¿pero tú de que vas?, si eso es casi lo que me cobran para llegar a Guatemala City." "Es que para llegar a la terminal, en el lado de guatemala, yo también tengo que pagar la frontera", me responde. "¿Y cuánto cuesta pasar la frontera?" "50 pesos", me dice. Se que me miente como un bellaco, y le digo que ni en broma.
"Bueno mami, cincuenta por todo" "¿Pero que es todo?", le pregunto. "Pasar la caseta mexicana, luego la de Guatemala y después llevarte a la terminal". Sopeso la situación y al cambio son 4 euros, así que le digo que sí. Me monto en el triciclo y me dice "pero si le preguntan, es que vienes a visitarme a mi casa y te voy a acompañar" "¿Cómo? Pero si no sé ni como te llamas. Anda dale y a ver que pasa con esto".
Sin embargo, al torcer la calle, o sea, a cinco metros desde dónde me subí, nos para una pandilla de tricicleros diciendo que está prohibido el paso para ese triciclo y que a partir de allí, manejan ellos. "¿Pero esto que es?". Como no le había pagado al primero, me bajo y le digo que se vaya, que ya me apaño yo con los otros. Pues bien, misma operación de regateo y otros que me quieren cobrar cien pesos por todo. Que si tienen que pagar en la frontera, que si patatín que si patatán. Mojones calientes. A mí me dejas en la caseta mexicana y una vez en la frontera ya me busco yo la vida para llegar a la estación de autobuses. No sé si está lejos o cerca, de si es seguro o no, pero no me sale del ciruelo que me roben de forma tan descarada sólo por ser extranjera.
Después de sellar en México, me llevan a sellar en Guatemala (dos metros separan una caseta de otra. Aquí el ejemplo rotundo del absurdo de las fronteras.) Desde este punto, otros tricicleros son los que te tienen que llevar a la estación. Como estos si son de Guatemala, no tienen que pagar en la frontera, y el trayecto me lo cobran a un precio relativamente normal.
En mi afán de reivindicación, me voy quejando al conductor del triciclo de que todos me quieren robar, hasta que éste, cansado de mi retahíla, me dice "Así es la vida. Unas veces se gana y otras se pierde". Ante semejante afirmación, me callo la boca.

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