jueves, 20 de octubre de 2011

Crónica de un adiós

Tumbada en la hamaca, escribo en una de mis últimas noches en Nicaragua. Miro la Catedral de Granada desde el patio, de la que, durante un breve pero intenso periodo de tiempo, ha sido mi casa. Miro los murales de sus paredes, creados por manos ilusionadas y generosas y miro también las estrellas de un cielo que me ha regalado los mejores atardeceres del mundo.
Poco a poco, me voy despidiendo de todo lo que me ha ido dando este país. Se que mañana me espera lo peor, decirle adiós a Masaya, ese chucho que ayer tenía la patita rota, pero que hoy la tiene escayolada. Estara bien, le encontramos una clínica donde cuidan a perros abandonados y le buscan hogar.
Me despediré de Uri, Rafa y Diego, esperando encontrarles cualquier día en cualquier esquina de cualquier calle de cualquier mundo.
Me despediré del ruido de sus calles, de sus taxis colectivos, de sus autobuseros que gritan el destino de esa tartana a la que llaman bus…pero no sé como voy a despedirme de la risa de Cristofer, ni de los pelos rizados de Abril, ni de la voz rasgada de Gerar sin que se me parta el alma a pedazos.

A ellos no los voy a encontrar en ninguna esquina de ninguna calle de ningún mundo que no sea éste: El tercero. Ese mismo mundo que no les va a permitir otra cosa que no sea pedir dos pesos a una turista en la calzada por hacerle una flor con una hoja de palmera.
Me voy con el gusto de la desesperanza en la garganta porque para mi la miseria tiene hoy muchos nombres y apellidos, entre ellos Cristofer Joan Cequeira Sandino…de diez años.
Pasado mañana me espera Guatemala y nuevas experiencias y nuevas risas y nuevos atardeceres, pero espero que lo escrito, no se borre en mi memoria y tenga siempre presente que ellos siguen estando ahí.
Que la vida les traiga suerte a aquellos que me dieron tanto teniendo tampoco.

Un inquilino especial

El día se presenta un poco surrealista porque no tengo nada que hacer excepto esperar. ¿Y que espero? ¿Una noticia? ¿Un amigo? ¿Un e-mail? Pues no. Algo mucho más escatológico. Espero el momento de poder plantar un pino para que lo puedan analizar.
Se supone que nos vamos a León, pero no podemos hacerlo hasta que una parte de los residuos de mi cuerpo se digne a abandonarme. Le digo a los chicos que por favor se vayan, que no es plan de estar los tres sentados en el sofá esperando a que la cosa salga, pero solidarios en mi desventura, se quedan. (Esto no se paga con dinero).
Al final, no nos podemos ir, manda narices que los planes de tres personas se vean frustrados por un zurullo, así que salimos un rato por la noche a echar unas toñas (Yo un zumo de sandía que el médico me ha prohibido el alcohol). Es en ese instante cuando nos volvemos a encontrar a Masaya. Entonces no sabíamos que se llamaría así, y sólo era el perro con la patita rota. Con los ojitos asustados y el rabo entre las piernas, se acerca timidamente a nosotros sin saber si va a recibir caricias o una patada. Le compramos un hot dog en los puestos del parque, pero mientras se lo estoy dando, se acerca un chiquillo para que se lo de a él. La viva imagen de la miseria, un niño y un perro pidiéndote un mendrugo de pan. El pan se lo doy al chiquillo y el perro me lo llevo a casa. No fue tarea fácil y en el último tramo del trayecto, Uri lo tiene que coger en brazos para entrarlo en casa. Le damos algo de comer, pero se quiere marchar. Está asustado y desconfía…y no es extraño. Me pregunto si quizás no es mejor dejarlo salir, por dos motivos: El primero porque nos van a echar a nosotros si se enteran que hay un perro en la casa (y se van a enterar porque Pauline viene todos los días) y el segundo es sencillamente porque le vamos a dar de comer, le vamos a acariciar, lo vamos a cuidar y cuando más a gusto se encuentre lo vamos a volver a abandonar porque no se puede quedar en La Libertad. Sin embargo, al final decidimos que Masaya se queda hasta que lo vea el veterinario. El lunes, ya hablaremos.

Una visita al médico

El dolor de estómago se traslada al lumbar derecho y casi no puedo andar. Intento no preocuparme, pero el día 8 vuelo a Guatemala y no quiero tener que arrepentirme de haber cogido un avión. Rafa, que llegó el último a Libertad, pero que se ha abierto el hueco en esta casa a base de codazos de generosidad, de dulzura y de risa contagiosa, me acompaña al médico. “El doctor”, como aquí lo llaman es un hombre joven y lo primero que me pregunta es que si bebo. “Lo normal. Toñas”. Respondo. Después que si fumo. “No”, y ahora que si tomo café. “Sí”. Pues lo tienes que dejar, me dice.
Joder, menos mal que no le he dicho que me pongo hasta los ojos de tequila y que el resto de los vicios siempre ganan cuando me tientan, sino también me los quita.
Análisis de orina, de heces y de sangre además de dos cajas de pastillas y dos inyecciones para quitar el dolor. Me voy a la farmacia: 23 dólares. Teniendo en cuenta que el sueldo medio en Nicaragua es de 80 dólares, imagina lo que tiene que ser tener un cáncer aquí.
Vuelvo al médico para que me ponga la inyección. Me siento como una niña pequeña porque hacía siglos que no me pinchaban en el culo y Rafa se descojona cuando en la camilla levanto los pies ante la reacción de dolor.
Me voy a casa y descanso, después compro algo para comer en la panadería francesa (la descubrí hace poco y ha sido como ver el cielo abierto) y cuando regreso, hay en mi cama una flor con tierra envuelta en papel de periódico. Por supuesto, es Rafa. Sonrío y lo busco por la casa. Plantamos la flor entre los dos, y sin darnos cuenta, acabamos de dejar en “La Libertad” un pequeño símbolo de nuestra estancia y nuestra amistad.

Un nuevo amor

Estoy locamente enamorada. Se llama Cristopher. Es moreno de piel, con el pelo rizado, los labios gruesos, los dientes perfectos y tiene nueve años (o eso dice él).
Vive al lado del colegio y ayer me llevó a su casa. Un patio enlodado, con techo de uralita y tres paredes que se caen a pedazos.
Nos sentamos en la puerta y nos ponemos a hablar. Yo nunca me entero de lo que me dice, y creo que él tampoco se entera de lo que le digo yo, sin embargo nos entendemos. En mitad de nuestra “no conversación”, aparece una niña de tres años, desnudita, con dos trapos en la mano. La conozco. Es su hermana y se llama Abril. Quiere que la vista para ir al cole. Me extiende los trapos. Uno de ellos había sido un vestido en otra época, el otro, son unos pantalones rosa sin cremallera ni botón y comidos de mierda y de agujeros. Le pongo los pantalones. Sé que después, Laura, la hermana mayor, los peina y los lava para ir a la escuela, y va haciendo milagros para encontrar entre los trapos, los menos rotos para que vayan guapos al cole, y con sus harapos sucios y con sus pies descalzos, son sin lugar a dudas, los más lindos de toda Nicaragua.
Si, ya sé, pero ya es tarde para mí. Me llevo para España dos nombres nuevos grabados en el corazón

domingo, 16 de octubre de 2011

La Prusia y la Casa del Tio Antonio

Me despierto con dolor de tripa. Es como s tuviera un alien dentro dándome pellizcos. Me preocupan los parásitos, las solitarias, el dengue y todas las cosas extrañas en las que nunca pensé.
Me debato entre las ganas de ir al cole y la imposibilidad de dar un paso sin que el estómago empiece a bailarme sardanas. Ganan las sardanas y al final me quedo en casa. Me quedo, me voy, vuelvo…Joder. Por la tarde me encuentro algo mejor y decido acompañar a Mireia, Uri, Diego y Rafa a lo del “Tío Antonio”, que es otra de las ONG que trabajan en Granada. (Una vez que te metes en esto, empiezas a preocuparte, casi sin querer, de cómo funcionan y qué hacen). Pues bien, en esta ciudad, conozco tres:
- La Esperanza, que es la mía y sólo actúa en el sistema educativo y con niños de primer y segundo grado.
- La Prusia, que trabaja de forma integral con uno de los barrios más marginales de la ciudad, y decir aquí marginal es echarse a temblar
- Tío Antonio, que su ámbito es sobre todo, los chavales del pega y los discapacitados.
La primera de ellas, La Esperanza, la lleva Pauline, una australiana de unos sesenta años cuya idea de programar y dirigir, dista mucho de ser eficaz y por lo cual, el trabajo de muchos voluntarios acaba yéndose a la basura.
En cuanto a La Prusia, su responsable es un logroñés llamado Ángel y el nombre lo tiene bien puesto. Es un tipo alto, con los ojos del mismo tono que el cielo de Nicaragua y una sonrisa fácil.
Nos recibió en su casa de “La Prusia” y nos enseñó el barrio y lo que hacen. Especialmente se centran en la construcción de viviendas dignas para las familias de la zona, así como realización de escuelas-talleres de soldadura, carpintería, mecánica, artesanía…y refuerzo escolar a los niños de “La Prusia”
Me gustó su forma de organizarse, pero demasiado rígida para una persona de 35 años a la que le gustan poco las normas. Hay que vivir en la casa de la ONG, asistir a las reuniones diarias y comer y cenar allí. El fin de semana, puedes hacer lo que quieras, pero el domingo por la tarde todos en casita sin excepción.
Me parece bien que se exija responsabilidad, pero a mí me gusta decidir dónde duermo y dónde como.
En cuanto a la ONG del tío Antonio, la historia es diferente. Madrileño, cocinero, hablador…No sé bien que lo trajo aquí, pero sí sé lo que lo mantiene: cinco hijos adoptados, un taller de hamacas donde emplea a chavalos con problemas de discapacidad o de integración social, una escuela para niños especiales y un sinfín de proyectos que le traen por la calle de la amargura, pero que de vez en cuando le dan alguna alegría.
Me cayó bien: Espontaneo, divertido. Mientras habla no pierde detalle de lo que pasa alrededor y su realismo absoluto te cae como un jarro de agua helada. Nos cuenta que la media de edad en Nicaragua es de 22 años, como dicen los ingleses, “baby pushing Babys”, o lo que es lo mismo, niño tirando de niños.
El 60% de los nacimientos en Nicaragua son de madres menores de 16 años. Antes de los 18, ya van cargadas con dos chiquillos, y por supuesto, abandonados por el padre. Se encuentran solas, sin dinero, sin formación y buscando otro hombre que las deje preñadas nuevamente, pq claro, éste también quiere un hijo suyo. Hablar en España de abuso sexual es echarse las manos a la cabeza, hablar en Nicaragua, es sencillamente agacharla. En la mayoría de las “familias” no se sabe en que cama dormirá el “hombre de la casa” y esto es consentido porque al fin y al cabo, la madre no deja de ser una niña.
“¿Comiste?”, le puedes preguntar a cualquier chavalo de la ciudad. La respuesta es muy probable que sea “No. El hombre de mi madre sólo trajo para ellos y para su hijo”. Los demás niños de la casa miran como comen y mirar no alimenta. Por eso, como dijo Antonio, piensalo dos veces antes de criticar a un inmigrante que vive con veinte para mandar cuatro euros a su casa, porque lo hace para que sus hijos no tengan que mirar como los demás comen, porque asume la responsabilidad de ser padre o madre y de luchar para que los suyos no acaben vendiéndose en una calle como goce de un turista occidental, porque ellos no abandonan, y por si no te sirven mis argumentos, piensa que podrías haber sido tú el que hubiera nacido en Nicaragua.

Una muestra de horror

Es domingo y me voy a ver Coyotepe. ¿Es un nuevo volcán? ¿Un lago de aguas cristalinas? ¿Una playa paradisíaca?...Frío, frío. Es una prisión cerrada oficialmente a finales de los 80.
La utilizaba Somoza y los de “La Contra”, para encerrar, torturar y asesinar a los guerrilleros. Después, la utilizaron los guerrilleros para encerrar, torturar y asesinar a los de “La Contra”, es decir, la misma basura en distintos patios.
Nos la enseña un chico que pese a su edad, es todo un escéptico de la raza humana…Supongo que por mostrar tantas veces semejante horror. Dividida en dos niveles, en el primero de ellos, se encontraban los presos menos importantes y los recientemente detenidos. Sin agua, sin retrete y con apenas luz, se apilaban entre 15 o 20 personas en una celda del tamaño de la habitación del bebé de mi hermana. En el segundo nivel, se practicaban las torturas. Aquí el apenas luz, se convierte en sin luz a secas, y aunque la celda, en algunos casos era individual, sus habitantes tenía “El privilegio” de ser visitados por sus carceleros, los cuales, amablemente, solicitaban algún tipo de información.
Los familiares de los presos, tampoco podían hacer nada, ya que pocos se enteraban de que su hijo, su marido, su padre, su hermano, estaba allí.
Me invade el horror como una sensación física, pero no por pensar en lo que pudo haber sido, sino por saber, que en este mismo momento, en este mismo presente, hay otra celda, con otros presos, con otros carceleros, pero haciendo las mismas cosas y provocando el mismo dolor y el mismo miedo.
No creo en Dios, y cada vez menos, en el hombre.
Necesito salir. Me voy del recinto lo antes que puedo, pero cuando estoy en la puerta, el vigilante me llama y me pregunta si tenemos taxi. “No, es sólo un kilómetro de bajada”, le respondo. “Sí, pero no lo digo por la distancia, sino por el peligro”, me dice. “Pero que peligro…” le vuelvo a decir. “Los muchachos se esconden entre la maleza y asaltan al que sube”, me vuelve a responder.
“Joder, lo que faltaba”. Al final nos acompaña el mismo chico que nos enseñó la cárcel. Esta vez, además de venir con su escepticismo, viene con un machete. Espero que no lo tenga que usar más que para partir cocos.

Cantando el himno del Barça...


Es mi segundo fin de semana en Granada desde que llegué. Necesito descansar, comprar comida, ver la tele…En fin, dejar la mochila aparcada antes de que empiece a hablar para decirme que dimite.
Aún así, el viernes vamos al mirador de Catarina (sin mochila), Uri, Laura y yo. Es un pueblecito cercano y lleno de artesanos y flores. Sentados en los bancos, los vendedores nos ofrecen sus productos: Cerámicas, imanes, churros de dulce de leche…y nos dejamos atrapar por el color de la Laguna y el olor a tierra mojada.
La tarde se nos pasa sin decir nada pero sintiendo mucho. Preguntamos la hora “Hace años que no ando con tiempo”, nos responden, y me invade la envidia infinita y mayúscula.
La noche se presenta igual de tranquila, y como somos pocos, nos sentamos en el sofá para ver una peli doblada en versión panchito. Bruce Willis pierde bastante, todo hay que decirlo.
Al día siguiente, nos colgamos la cámara y a visitar la ciudad. Primera parada: La Iglesia de la Merced. Segunda parada: El cementerio. Siempre me gustaron los cementerios y por suerte, no soy la única. Tercera parada: El mercado: Gente, ruido, olores…Esencia del pueblo en estado puro pero no apta para todos los estómagos. Compramos pescado y coco, para hacer rondón caribeño, y como es la última cena de Laura en Nicaragua, nos permitimos el lujo de comprar vino (que aquí cuesta un ojo de la cara)
Para cuando terminamos de comprar necesitamos una cerveza urgentemente. Una lleva a la otra y así sucesivamente hasta que se pasa al tequila y finalmente tienes que visitar “La tienda”, o sea, la casa de unos chavales que venden marihuana, coca y crack. He ido a comprar droga en muchas ocasiones y en muchos sitios, pero pocas veces he estado en un lugar tan extraño. La casa está abierta de par en par y entras directamente al salón (o eso creo yo), donde tres o cuatro muchachos, se sientan en el sofá para ver el pressing-catch, con los ojos abiertos y la mente absorta dentro de su propio pelotazo. “¿Tienes?”, pregunto. “No”, responde. “Ultimamente no tenéis de nada”, afirmo.
Como hoy está menos colgado que los demás días, me dice que puede conseguirla en la calle de arriba y manda a otro de los muchachos. “Sientese”, nos dice. Prefiero no mirar el sofá no vaya a ser que piense en el tifus y salga de allí antes de conseguir mi propósito.
Mientras esperamos miro las paredes y veo una bandera del Barsa. “¿Soys barcelonistas?” “Si. En esta casa sí”. En ese momento Mireia interviene para decir que ella es de Barcelona y para mi sorpresa (pq no le gusta el fútbol), se pone a cantar el himno haciendo palmas y todo. No sé que decir. Me veo y la veo (en sentido metafórico y literal porque hay un espejo enfrente de mí) y pienso “Se nos ha ido la pelota del todo”- Ya mismo quedamos con ellos para ver el pressing-catch.
Ante esta siutación surrealsta, pregunto “¿No tenéis problemas con la policía?” “Cómo no”, responde. “Nos detienen de vez en cuando, nos encierran tres o cuatros meses y volvemos a salir”. Compruebo que el sistema judicial funciona tan bien como el educativo o el sanitario.
Salimos de la casa después de que unos niños le prendan fuego en el patio a la gorra del candidato del partido opositor. (Las elecciones son en noviembre y la campaña ha empezado fuerte).
Llegamos a Libertad y preparamos la cena. Los cangrejos están vivos y me da un poco de pena, pero la comida es la comida y aún no soy vegetariana.
Poco a poco se marcha un día más, y Laura se va con él. Su destino, la otra Granada, la de España. La esperan sus alumnos de preescolar, la calle Elvira, el Albaicín y la Alhambra con una sonrisa tan grande como la pena que nos dio a nosotros despedir,a.