jueves, 20 de octubre de 2011

Un nuevo amor

Estoy locamente enamorada. Se llama Cristopher. Es moreno de piel, con el pelo rizado, los labios gruesos, los dientes perfectos y tiene nueve años (o eso dice él).
Vive al lado del colegio y ayer me llevó a su casa. Un patio enlodado, con techo de uralita y tres paredes que se caen a pedazos.
Nos sentamos en la puerta y nos ponemos a hablar. Yo nunca me entero de lo que me dice, y creo que él tampoco se entera de lo que le digo yo, sin embargo nos entendemos. En mitad de nuestra “no conversación”, aparece una niña de tres años, desnudita, con dos trapos en la mano. La conozco. Es su hermana y se llama Abril. Quiere que la vista para ir al cole. Me extiende los trapos. Uno de ellos había sido un vestido en otra época, el otro, son unos pantalones rosa sin cremallera ni botón y comidos de mierda y de agujeros. Le pongo los pantalones. Sé que después, Laura, la hermana mayor, los peina y los lava para ir a la escuela, y va haciendo milagros para encontrar entre los trapos, los menos rotos para que vayan guapos al cole, y con sus harapos sucios y con sus pies descalzos, son sin lugar a dudas, los más lindos de toda Nicaragua.
Si, ya sé, pero ya es tarde para mí. Me llevo para España dos nombres nuevos grabados en el corazón

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