domingo, 16 de octubre de 2011

La Prusia y la Casa del Tio Antonio

Me despierto con dolor de tripa. Es como s tuviera un alien dentro dándome pellizcos. Me preocupan los parásitos, las solitarias, el dengue y todas las cosas extrañas en las que nunca pensé.
Me debato entre las ganas de ir al cole y la imposibilidad de dar un paso sin que el estómago empiece a bailarme sardanas. Ganan las sardanas y al final me quedo en casa. Me quedo, me voy, vuelvo…Joder. Por la tarde me encuentro algo mejor y decido acompañar a Mireia, Uri, Diego y Rafa a lo del “Tío Antonio”, que es otra de las ONG que trabajan en Granada. (Una vez que te metes en esto, empiezas a preocuparte, casi sin querer, de cómo funcionan y qué hacen). Pues bien, en esta ciudad, conozco tres:
- La Esperanza, que es la mía y sólo actúa en el sistema educativo y con niños de primer y segundo grado.
- La Prusia, que trabaja de forma integral con uno de los barrios más marginales de la ciudad, y decir aquí marginal es echarse a temblar
- Tío Antonio, que su ámbito es sobre todo, los chavales del pega y los discapacitados.
La primera de ellas, La Esperanza, la lleva Pauline, una australiana de unos sesenta años cuya idea de programar y dirigir, dista mucho de ser eficaz y por lo cual, el trabajo de muchos voluntarios acaba yéndose a la basura.
En cuanto a La Prusia, su responsable es un logroñés llamado Ángel y el nombre lo tiene bien puesto. Es un tipo alto, con los ojos del mismo tono que el cielo de Nicaragua y una sonrisa fácil.
Nos recibió en su casa de “La Prusia” y nos enseñó el barrio y lo que hacen. Especialmente se centran en la construcción de viviendas dignas para las familias de la zona, así como realización de escuelas-talleres de soldadura, carpintería, mecánica, artesanía…y refuerzo escolar a los niños de “La Prusia”
Me gustó su forma de organizarse, pero demasiado rígida para una persona de 35 años a la que le gustan poco las normas. Hay que vivir en la casa de la ONG, asistir a las reuniones diarias y comer y cenar allí. El fin de semana, puedes hacer lo que quieras, pero el domingo por la tarde todos en casita sin excepción.
Me parece bien que se exija responsabilidad, pero a mí me gusta decidir dónde duermo y dónde como.
En cuanto a la ONG del tío Antonio, la historia es diferente. Madrileño, cocinero, hablador…No sé bien que lo trajo aquí, pero sí sé lo que lo mantiene: cinco hijos adoptados, un taller de hamacas donde emplea a chavalos con problemas de discapacidad o de integración social, una escuela para niños especiales y un sinfín de proyectos que le traen por la calle de la amargura, pero que de vez en cuando le dan alguna alegría.
Me cayó bien: Espontaneo, divertido. Mientras habla no pierde detalle de lo que pasa alrededor y su realismo absoluto te cae como un jarro de agua helada. Nos cuenta que la media de edad en Nicaragua es de 22 años, como dicen los ingleses, “baby pushing Babys”, o lo que es lo mismo, niño tirando de niños.
El 60% de los nacimientos en Nicaragua son de madres menores de 16 años. Antes de los 18, ya van cargadas con dos chiquillos, y por supuesto, abandonados por el padre. Se encuentran solas, sin dinero, sin formación y buscando otro hombre que las deje preñadas nuevamente, pq claro, éste también quiere un hijo suyo. Hablar en España de abuso sexual es echarse las manos a la cabeza, hablar en Nicaragua, es sencillamente agacharla. En la mayoría de las “familias” no se sabe en que cama dormirá el “hombre de la casa” y esto es consentido porque al fin y al cabo, la madre no deja de ser una niña.
“¿Comiste?”, le puedes preguntar a cualquier chavalo de la ciudad. La respuesta es muy probable que sea “No. El hombre de mi madre sólo trajo para ellos y para su hijo”. Los demás niños de la casa miran como comen y mirar no alimenta. Por eso, como dijo Antonio, piensalo dos veces antes de criticar a un inmigrante que vive con veinte para mandar cuatro euros a su casa, porque lo hace para que sus hijos no tengan que mirar como los demás comen, porque asume la responsabilidad de ser padre o madre y de luchar para que los suyos no acaben vendiéndose en una calle como goce de un turista occidental, porque ellos no abandonan, y por si no te sirven mis argumentos, piensa que podrías haber sido tú el que hubiera nacido en Nicaragua.

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