jueves, 20 de octubre de 2011

Una visita al médico

El dolor de estómago se traslada al lumbar derecho y casi no puedo andar. Intento no preocuparme, pero el día 8 vuelo a Guatemala y no quiero tener que arrepentirme de haber cogido un avión. Rafa, que llegó el último a Libertad, pero que se ha abierto el hueco en esta casa a base de codazos de generosidad, de dulzura y de risa contagiosa, me acompaña al médico. “El doctor”, como aquí lo llaman es un hombre joven y lo primero que me pregunta es que si bebo. “Lo normal. Toñas”. Respondo. Después que si fumo. “No”, y ahora que si tomo café. “Sí”. Pues lo tienes que dejar, me dice.
Joder, menos mal que no le he dicho que me pongo hasta los ojos de tequila y que el resto de los vicios siempre ganan cuando me tientan, sino también me los quita.
Análisis de orina, de heces y de sangre además de dos cajas de pastillas y dos inyecciones para quitar el dolor. Me voy a la farmacia: 23 dólares. Teniendo en cuenta que el sueldo medio en Nicaragua es de 80 dólares, imagina lo que tiene que ser tener un cáncer aquí.
Vuelvo al médico para que me ponga la inyección. Me siento como una niña pequeña porque hacía siglos que no me pinchaban en el culo y Rafa se descojona cuando en la camilla levanto los pies ante la reacción de dolor.
Me voy a casa y descanso, después compro algo para comer en la panadería francesa (la descubrí hace poco y ha sido como ver el cielo abierto) y cuando regreso, hay en mi cama una flor con tierra envuelta en papel de periódico. Por supuesto, es Rafa. Sonrío y lo busco por la casa. Plantamos la flor entre los dos, y sin darnos cuenta, acabamos de dejar en “La Libertad” un pequeño símbolo de nuestra estancia y nuestra amistad.

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