domingo, 16 de octubre de 2011

Cantando el himno del Barça...


Es mi segundo fin de semana en Granada desde que llegué. Necesito descansar, comprar comida, ver la tele…En fin, dejar la mochila aparcada antes de que empiece a hablar para decirme que dimite.
Aún así, el viernes vamos al mirador de Catarina (sin mochila), Uri, Laura y yo. Es un pueblecito cercano y lleno de artesanos y flores. Sentados en los bancos, los vendedores nos ofrecen sus productos: Cerámicas, imanes, churros de dulce de leche…y nos dejamos atrapar por el color de la Laguna y el olor a tierra mojada.
La tarde se nos pasa sin decir nada pero sintiendo mucho. Preguntamos la hora “Hace años que no ando con tiempo”, nos responden, y me invade la envidia infinita y mayúscula.
La noche se presenta igual de tranquila, y como somos pocos, nos sentamos en el sofá para ver una peli doblada en versión panchito. Bruce Willis pierde bastante, todo hay que decirlo.
Al día siguiente, nos colgamos la cámara y a visitar la ciudad. Primera parada: La Iglesia de la Merced. Segunda parada: El cementerio. Siempre me gustaron los cementerios y por suerte, no soy la única. Tercera parada: El mercado: Gente, ruido, olores…Esencia del pueblo en estado puro pero no apta para todos los estómagos. Compramos pescado y coco, para hacer rondón caribeño, y como es la última cena de Laura en Nicaragua, nos permitimos el lujo de comprar vino (que aquí cuesta un ojo de la cara)
Para cuando terminamos de comprar necesitamos una cerveza urgentemente. Una lleva a la otra y así sucesivamente hasta que se pasa al tequila y finalmente tienes que visitar “La tienda”, o sea, la casa de unos chavales que venden marihuana, coca y crack. He ido a comprar droga en muchas ocasiones y en muchos sitios, pero pocas veces he estado en un lugar tan extraño. La casa está abierta de par en par y entras directamente al salón (o eso creo yo), donde tres o cuatro muchachos, se sientan en el sofá para ver el pressing-catch, con los ojos abiertos y la mente absorta dentro de su propio pelotazo. “¿Tienes?”, pregunto. “No”, responde. “Ultimamente no tenéis de nada”, afirmo.
Como hoy está menos colgado que los demás días, me dice que puede conseguirla en la calle de arriba y manda a otro de los muchachos. “Sientese”, nos dice. Prefiero no mirar el sofá no vaya a ser que piense en el tifus y salga de allí antes de conseguir mi propósito.
Mientras esperamos miro las paredes y veo una bandera del Barsa. “¿Soys barcelonistas?” “Si. En esta casa sí”. En ese momento Mireia interviene para decir que ella es de Barcelona y para mi sorpresa (pq no le gusta el fútbol), se pone a cantar el himno haciendo palmas y todo. No sé que decir. Me veo y la veo (en sentido metafórico y literal porque hay un espejo enfrente de mí) y pienso “Se nos ha ido la pelota del todo”- Ya mismo quedamos con ellos para ver el pressing-catch.
Ante esta siutación surrealsta, pregunto “¿No tenéis problemas con la policía?” “Cómo no”, responde. “Nos detienen de vez en cuando, nos encierran tres o cuatros meses y volvemos a salir”. Compruebo que el sistema judicial funciona tan bien como el educativo o el sanitario.
Salimos de la casa después de que unos niños le prendan fuego en el patio a la gorra del candidato del partido opositor. (Las elecciones son en noviembre y la campaña ha empezado fuerte).
Llegamos a Libertad y preparamos la cena. Los cangrejos están vivos y me da un poco de pena, pero la comida es la comida y aún no soy vegetariana.
Poco a poco se marcha un día más, y Laura se va con él. Su destino, la otra Granada, la de España. La esperan sus alumnos de preescolar, la calle Elvira, el Albaicín y la Alhambra con una sonrisa tan grande como la pena que nos dio a nosotros despedir,a.

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