lunes, 5 de septiembre de 2011

¿Me baño con vestido?


Como si me faltara tiempo, en vez de quedarme en casa y darle tregua a mis agujetas, me he ido a la Laguna del Apoyo. ¿Hay que andar? Pregunto asustada. No, tranquila, se puede llegar en autobús. Esto es una verdad a medias, y los 3 km desde la parada del autobús hasta que puedes meter el dedo gordo del pie en el agua, no te los quita nadie.
La laguna es lo que su nombre indica…en andaluz, un pantano (pero este no lo hizo Franco, sino la actividad del volcán Apoyo) Aquí no encontrarás ningún turista, sólo nicaragüenses pasando el domingo y sorpresa: Se bañan con ropa. ¿A que flipas? Pues yo más. La cosa está aquí como para hacer top-less. Ante tanto pudor, no se si quitarme el vestido (quien me lo iba a decir a mi, que hasta el cartero del barrio me ha visto en pelotas) pero al final me decido. Vestido fuera y al agua patos. El agua está templadita (igual que la de la ducha de casa) y la mayoria de la gente no se aparta de la orilla. El motivo: Pocos nicas saben nadar, pero no imaginas lo que da de si el ingenio: Un flotador hecho con botellas de plástico atadas con una cuerda. Uno cree que lo ha visto todo, pero en esos momentos te das cuenta que eres un ignorante en todos los sentidos, y que gracias a Dios, aún me quedan muchas cosas por saber (o eso espero).
En la Laguna, paso el rato observando a una familia. Ella es mucho más joven que yo y sin embargo, tiene seis hijos y otro en camino. El marido la abraza dentro del agua y mi Angel bueno piensa: “jo!, como se quieren”, sin embargo, mi demonio personal, ese que algunos conoceis tan bien, dice: “Y estos dos no se hartan, la virgen que coñazo”. En fin, hay poco que hacer en el lago y me sale la vena Maruja (no me critiqueis).
Después vuelvo a casa: La verdadera aventura en este país es montarte en autobús. Si llego a España viva será purito milagro (ni malaria, ni hepatitis, ni enfermedades infecciosas. Va a ser piñazo en autobús)
Cuando abro la puerta de casa, parece que acabo de entrar en el Camp-nou un día de partido Barcelona-Real Madrid. ¡Madre de Dios! ¡Cuanta gente! Menos mal que he cenado fuera que si no me tengo que dar de hostias para pillar un sitio en la mesa.
La conversación gira sobre temas triviales y no pongo mucho atención hasta que le preguntan a Ana sobre “sus chicos”. Ana, trabaja en un centro de “Proyecto Hombre” en Madrid. La pregunta fue: “¿Qué le podemos enseñar a tus chicos? Nos encantaría ir a cenar con ellos” La cara de Ana era un poema y la mía tenía que ser toda la antología de Gustavo Adolfo Bécker, pero cuando escucho “Ah, ya sé, le podemos ensañar a jugar al paddel”, casi me da un infarto. ¿Qué creerán  que es un yonky? ¿Un  tamagochi?
Me tengo que morder la lengua. Decido irme a la cama antes de que empiece a salirme la sangre por la boca.

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