martes, 6 de septiembre de 2011

Macarrones con tomate

Llevo unos días bastante tranquilos, teniendo en cuenta que vivo con 16 personas y una infinidad de bichos. La rutina comienza a establecerse en mi día a día. Voy a la escuela, hago algunas compras de productos básicos, y por la noche salgo a la “Calzada”, que es la calle principal, a tomarme unas cervezas. Sin embargo hoy, me ha pasado algo con lo que me he sentido fatal: He hecho llorar a una niña. La verdad es que no están muy acostumbrados a que les regañen, porque aquí los dejan a la mano de Dios (que por cierto, es bastante corta en este país) y la disciplina, es una palabra que seguro no está en el diccionario nica. (No me explico como echaron a los gringos de Nicaragua, aquí hace cada uno lo que le sale el cipote). Bueno, volviendo al tema de la niña, le regañé un poco y se puso a llorar. Después de clase fui a hablar con ella y para dejarme a la altura de la suela del zapato, me regaló una pulserita y un anillo de plástico azul. (Entonces la que empezó a llorar fui yo) Así son los niños de este país.
Termino la clase y voy hacia casa. Me paro en una especie de zapatería. Necesito comprarme unas sandalias porque después de la subida al volcán, no me han quedado ni las suelas. El dependiente me mira todo el tiempo, hasta que ya le pregunto. Descubro con horror que aquí también conocen a la Oreja de Van Gogh. No me deja salir de la zapatería hasta que le firmo un autógrafo. “Con cariño, Amaya”.
Llego a casa y me preparo “pasta deliciosa” (la misma que a fin de mes me preparaba cuando era estudiante: Macarrones y tomate. No tengo ni una mísera lata de atún para echarle). Sin embargo, no va a ser tan fácil. En la cocina hay 500 personas, y con el número de ollas que se están usando, podemos hacer una batucada. Se despeja, me apropio de una olla como si fuera mi propia vida, y pongo a hervir la pasta deliciosa. Yuhuuu! La cuelo, voy a echarle el tomate, pero no viene en tetrabrik (ese pedazo de invento) sino en una lata. Busco un abrelatas entre la montaña de enseres para cocinar y por supuesto, no lo encuentro. Me cago en la puta. Por mi madre que no me quedo sin comer macarrones. Agarro mi lata y me voy a la calle. Llego al bar de la esquina y le pido al camarero que por favor me abra la lata. Saca un abrelatas último modelo (me encantó) y hace que se cumpla mi sueño: Comerme unos macarrones. Así de básica soy.

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