También se fue Alessandro, quizás el único italiano que no habla, pero que transmite en cada mirada y en cada sonrisa. Tranquilo, sereno, pacífico y un poco yonki también, pero un tío “grandi”, como él diría. Se alegró de que nos hubiéramos conocido tarde. Pensó que uno ya es bastante peligroso sólo como para que encima le hagan compañía. Le espera Perugia con los brazos abiertos, la única forma de esperar a alguien como él.
Después se van Arantxa y Laura, dos personas que me enseñaron que la solidaridad y la bondad son algo más que dos palabras agudas y lo demuestran a diario, y finalmente, Mireia, la más punki entre los punkis y mi compañera de aventuras en este país de locos. Cómo la voy a echar de menos. Sin ella, Nicaragua seguirá siendo Nicaragua, pero mucho menos divertida.En fin, me quedo un poco sólo, casi tanto como cuando llegué, pero abriendo las puertas de “la casa libertad”, para todos los que llegan con la ilusión en la cara y la mente limpia
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