martes, 6 de septiembre de 2011

Pescando tiburoncitos blancos


“Cuando bajen del bus, corran, y no se entretengan hasta llegar a Iván Montenegro”. Así empieza mi aventura para llegar a las Corn Island.
Son las siete de la tarde, pero es noche cerrada en Managua, probablemente, la ciudad más fea del mundo, y por si no tuviera bastante, también una de las más peligrosas. Sin embargo, no me queda más remedio que atravesar este estercolero si quiero llegar a la estación de autobuses Iván Montenegro, para poder ir a “El Rama”, y desde ahí continuar mi viaje.
Mireia y yo, somos las únicas blancas que cogen ese autobús nocturno, pero no parece preocuparnos demasiado, porque casi antes de arrancar, nos hemos quedado dormidas.
Despertamos a las dos y media, en el culo del mundo, para coger una patera (aquí las llaman pangas), para que nos lleve a través del Rio Escondido a una localidad que se llama “Bluefields”, cerca de la costa caribeña. Pese a todo pronóstico, llegamos, pero no estamos muy seguras si Bluefields sigue siendo Nicaragua o un poblado jamaicano, ¿Por qué lo digo? Todos son negros y hablan algo parecido al inglés (después me entero que lo que hablan es criollo, un antiguo idioma de los esclavos caribeños).
Explico como puedo que busco un barco para que me lleve a Corn Island (se supone que este es mi destino final, pero nadie sabe darnos información. Me digo para mí misma que quizás, en vez de preguntar en el puerto debería hacerlo en la farmacia).
Nos pateamos los embarcaderos, muelles y puertos de Bluefields y por fin descubro que mi barco sólo sale los miércoles (hoy es viernes), y que pruebe en el Bluff, a ver si sale un carguero que me quiera llevar. No sé si me apetece carguero, y al final decido que no (alguien nos avisa que se hunden con bastante facilidad). Nos vamos para la Laguna de Perlas, lugar desconocido y cuya única referencia, es que está habitado por un pueblo precolombino al que llaman “Mezquito”
Ale, otra vez a la patera.
Llegamos sin imprevistos y felices ante el espectáculo que nos ofrece el río. La Laguna de Perlas se abre de par en par y nos muestra un poblado caribeño, lleno de cabañas de colores dónde los “chabalos” se bañan en el río al mismo tiempo que sus madres lavan la ropa.
Caminamos hasta llegar a la parte donde habitan los Mezquitos, pero ya están mezclados y la mayoría son negros, pero aún conservan la cultura de antes de que llegara Colón. En esta parte del pueblo, junto al río, hay un embarcadero con un bar. Irresistible lugar para pasar de largo. Por supuesto, nos quedamos. Es allí dónde conocemos a Walter, un chico de La Laguna que conoce a un español que vive allí desde hace cuatro años y nos propone un plan: Ir a los Cayos. No tenemos ni puta idea de que son los cayos, pero nos enseña las fotos de una islita pequeña y con arena blanca, y como dice la Gominola, se nos hacen los ojos chiribitas.
Partimos a la mañana siguiente, después de dormir en el colchón más mugriento que puedas imaginar. Como las sábanas no estaban tan mal, las colocamos de forma estratégica para que bajo ningún concepto, pudiéramos rozar semejante cúmulo de chinches y mierda. Aún así, fallamos y la estrategia se fue a tomar por culo.
Amanecimos encima del colchón. Cosas de la vida.
Llegamos a los cayos en otra patera (algo más rápida y sofisticada que las anteriores pero patera, al fin y al cabo. Me sentí como Robinson Crussoe.)
Los cayos son privados, pero nos podemos quedar si le pagamos algo a la familia que los vigila. Nunca había pensado que alguien pudiera vivir todo un año entre chamizos de madera y plástico sin hacer absolutamente nada excepto mirar al horizonte y partir cocos. Pensé que por mucho que me pagaran, no duraría ni un mes.
Después de hacernos fotos como las guiris entre las palmeras y las hamacas, nos fuimos a pescar en “linea”. Pescar en “línea” consiste en enganchar una gamba a un anzuelo atado de un hilo. Sinceramente, tenía serias dudas de que se pudiera pescar algo en esas condiciones, así que puedes imaginar mi cara cuando pesqué nada más y nada menos que una cría de tiburón blanco. Casi me cago encima.
En cuestión de hora y media, además de un variado surtido de pargos y algo parecido a los salmonetes, pescamos dos tiburoncitos, lo cual significa, que el caribe nicaraguense está plagado de tiburones. Ya no me bañé a gusto en todo el fin de semana. Me planteo seriamente en demandar a Steven Spealberg. Cuanto mal ha hecho este tipo con “Tiburón” a toda mi generación. De todas formas, cual indígenas caribeñas, nos comimos nuestra pesca, y por cierto…exquisito.
Se aproxima la hora de dormir, pero como aún no hemos tenido suficiente aventura, empieza a jarrear. De momento, no me preocupo, porque pienso que la tienda de campaña es impermeable, pero me voy acojonando cuando empiezo a escuchar truenos y ver relámpagos, acompañados de un vientecito que dista mucho de ser brisa marina. Ay Madre de Dios, que la tienda está al lado de la orilla. Oigo a Mireia decir “Somos piel, somos piel” (En su argot, sinónimo de que la tienda se va a tomar por culo y que nos falta el canto de los antiguos duros para que nos coman los papás de los tiburoncitos que hemos cazado)
Sin embargo, dan las siete de la mañana y sigo estando viva y feliz. El día transcurre tranquilo y vienen a por nosotras para regresar a la Laguna de Perlas. Pasamos sin novedades el puesto fronterizo que separa el Caribe del Río y que está vigilado por la policía nica para que no entre coca (los colombianos descargan bastante cerca de los cayos, pero no tuve tanta suerte) y así, llegamos de nuevo al colchón mugriento (misma habitación). Nos levantamos temprano, porque a las cinco y media, cogemos el autobús para regresar a Granada. Esta vez, hacemos la ruta de vuelta por tierra. Nos hemos enterado que se puede hacer así y pasamos de patera), sin embargo, estamos jodidas, porque el generador se ha apagado, no hay luz y tenemos que hacer las mochilas encendiendo cerillas. La Virgen Santa, no voy a dejar de pasar fatigas.
Como no tenemos mucho que guardar, nos da tiempo de coger el bus, pero se pincha dos veces en pleno camino selvático. Por supuesto, no llegamos al siguiente enlace, pero un taxista asesino nos espera en la parada para atrapar al que hemos perdido. (Y vaya que si lo atrapa. La aguja del cuenta kilómetros marca cero y los cinturones de seguridad no tienen enganche, pero llegamos.) Después, todo es un camino de rosas y por fin, estoy en Granada. Gracias a Dios y a todos los tótems, esta vez no he sido piel.

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