martes, 6 de septiembre de 2011

Escondida en la jungla

En mi mundo de contrastes voy de camino a la Isla de Ometepe, cerca de la provincia de Rivas. Paramos en San Jorge, y cogemos el “Ferry”, o sea, el barco de Popeye el Marino, para poder llegar. Me siento en la cubierta, y me dejo besar por el sol y la brisa de Centroamérica. El nirvana existe y yo ya me he pasado de nivel.
Nos hospedamos en mitad de la selva, pero cerca de la playa, de una laguna, unas cataratas y por supuesto otro volcán. (No se acaban nunca). Es un paraíso salvaje y en un momento soy consciente de que estoy tomando ron (no había tequila), en una cabaña de madera, que está en mitad de la selva, que está en mitad de una isla, que está en mitad del lago más grande del mundo, que está en mitad de Centroamérica, y me siente una privilegiada y me gustaría que todos estuvierais aquí.
La noche en la isla la paso mal, como casi siempre. Además, duermo con Laura y con Pablo y no se ponen de acuerdo sobre el uso del ventilador. Una tiene calor, al otro le molesta el ruido. Propongo: Una pastilla para cada uno y a ver si dormimos tranquilos.
Pasan las horas y llega la mañana. Miro como cada día este cielo azul clarito y vuelvo a dar gracias a todos los tótems por estar aquí.
Me espera un día tranquilo, playa y cerveza, pero por la noche se repite la misma discusión: Esta vez gana el ventilador.
Nos despedimos de Ometepe con una ruta a caballo y un baño en “El ojo del Agua”. Los nativos aseguran su poder rejuvenecedor y curativo. Me pregunto si también cura las heridas del alma.

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